El talentoso Erdogan es el nuevo sultán de Turquía, dominando el tablero de ajedrez de Oriente Medio (1)

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Le Petit Journal/Getty; Guido Bergmann/ Bundesregierung/ Getty. Portrait of the Ottoman Sultan Abdülhamid II, 1897; Turkish President Recep Tayyip Erdoğan, 2015

Por Elijah J. Magnier : @ejmalrai

Traducción de J.M.

El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) ganó las elecciones en Turquía con un 52,6% de los votos, asegurándose 293 de los 600 escaños del parlamento. El presidente Recep Tayyip Erdogan ha gobernado Turquía durante 15 años, y lo seguirá haciendo durante los siguientes 5 años, (con la posibilidad de una nueva elección) en los cuales disfrutará de un poder prácticamente absoluto sobre el país. Erdogan disfrutará de una cómoda mayoría gracias al acuerdo con el ultra “Partido Movimiento Nacionalista” y sus 49 escaños. Erdogan ha creado 9 comités presidenciales y 8 consejos que actuarán como coordinadores y consejeros en temas de política interior y exterior. En política exterior Erdogan se las está arreglando para superar las contradicciones entre los países de Oriente Medio y entre el este y el oeste, y parece ser que está tratando de unir estos elementos bajo un solo paraguas.

Erdogan ha conseguido asegurarse una posición de fuerza entre Rusia y Estados Unidos, entre Israel y los palestinos, y entre el mundo sunni al que él pertenece y el chií de Irán. No existe ninguna duda de su astucia en la política exterior, pues ningún otro líder musulmán ha conseguido lo que Erdogan ha llevado a cabo hasta la fecha.

Turquía y Siria:

 El presidente Erdogan adoptó el objetivo del “cambio de régimen en Siria”, perseguido por la comunidad internacional en 2011 para expulsar al presidente Bashar al Assad del poder. Turquía pretendió recuperar algo de la gloria del Imperio Otomano y soñó con controlar Siria, o al menos el norte de Siria: Aleppo, Idlib y los enclaves kurdos fronterizos con Turquía.

Turquía se ha convertido en el paso favorito para todos los yihadistas y reclutas deseosos de unirse al Estado Islámico y a Al Qaeda en Siria. El país se ha convertido en la fuente de apoyo logístico, militar, médico y de inteligencia para todos los yihadistas que pueden colaborar en la consecución del principal objetivo. Turquía ofreció apoyo a los yihadistas y a los proxies sirios durante la batalla de Kesseb, en la cual estos consiguieron alcanzar el Mediterráneo y tomar el control de Idlib y Jisr al-Shoughour, comenzando el ataque desde la frontera turco-siria en 2015. Ankara no dudó en comprar petróleo del Estado Islámico, contribuyendo de forma masiva a la riqueza del grupo terrorista.

Y no solo eso, el presidente Erdogan ordenó a su ejército derribar un avión ruso Sukhoi, desafiando a la superpotencia a finales de 2015, un paso que Estados Unidos no hubiese dado contra Rusia en Siria. Solo puedo recordar un incidente cuando Estados Unidos bombardeó al Ejército Sirio y a algunos contratistas militares rusos en Deir Ezzor, pero en aquella ocasión Estados Unidos informó a Rusia con antelación de su intención de atacar.

No obstante fue el presidente turco el que restableció las relaciones con el presidente Vladimir Putin, haciéndole una visita en Moscú, para además de revivir las relaciones políticas entre ambos países, reparar los daños económicos que Turquía había sufrido en relación al incidente del Sukhoi.

Además, Erdogan, les dio a los rusos el control de Aleppo ordenando a sus proxies sirios que sacasen de la ciudad a miles de militantes que se hallaban atrincherados en ella antes del ataque. La liberación de Aleppo marcó un punto de inflexión en la historia de la guerra impuesta en Siria, cuando los enemigos de Bashar al Assad (incluyendo a los medios de comunicación mayoritarios) entendieron con gran disgusto que su plan de “cambio de régimen” había fracasado estrepitosamente. Sin embargo, Erdogan, no perdió la lealtad de los rebeldes sirios, tanto militantes como yihadistas, extremistas radicales o aquellos que combinan la ideología salafista y la de los Hermanos Musulmanes como por ejemplo “Ahrar al-Sham”. Todos ellos, de hecho, no tenían más alternativa que permanecer leales a Turquía, el país que controla “hasta el aire que respiran” (especialmente cuando todos los demás países, Catar, Arabia Saudí e incluso Estados Unidos dejaron de prestarles apoyo financiero).

El presidente Erdogan aceptó de forma significativa participar en las conferencias de Astaná, y se las arregló para asegurar una presencia militar permanente de observadores militares turcos alrededor de la provincia de Idlib, impidiendo que la capital provincial sea atacada por las fuerzas rusas o sirias.

Turquía no se detuvo aquí: Sus fuerzas han asegurado el control de las ciudades norteñas y de los enclaves habitados por kurdos de Afrin, Jarabulus, y por último, ha impuesto a Estados Unidos que abandone a su suerte a su proxie kurdo, las Unidades de Protección Popular o YPG, y ha permitido que fuerzas turcas patrullen la ciudad de Manbij. Erdogan le ha dejado claro a los americanos que no tolerará la creación de un estado o una federación kurda en sus fronteras. Turquía considera que las YPG son un grupo terrorista, la rama siria del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, o PKK, cuyas intenciones son reclamar territorio turco para el grupo étnico kurdo más grande de Turquía. El presidente Erdogan representa un obstáculo real a los planes de Estados Unidos en el norte de Siria, que pretenden anexionarse esa parte del país y establecer bases militares, ya que esto obligaría a los kurdos a reagruparse en torno al-Hasaka, que representa el 23% del territorio sirio, pero solo el 7% de la población.

El presidente turco ha unido a todos los jugadores: Ha apoyado al Estado Islámico y después ha contribuido a su caída, ha apoyado a Al Qaeda y ha informado a sus militantes en Idlib de que no tolerará extremistas yihadistas en la zona que está bajo su custodia. Erdogan pretendía cambiar el gobierno sirio, pero le ofreció a Damasco la capital industrial del país, Aleppo, e hizo la vista gorda ante la recuperación gubernamental de Ghuta Oriental. Erdogan derribó un caza ruso, desafió a Moscú, pero posteriormente jugó bien sus cartas, hasta el punto de que Rusia abandonó Afrin, permitiendo a Turquía controlarla, principalmente debido a los serios errores estratégicos cometidos por los kurdos. Erdogan flirteó con los rusos, pero forzó a los americanos a abandonar a sus proxies kurdos en Manbij.

Turquía no ha ofrecido millones de dólares a los Estados Unidos (como sí que hace Arabia Saudí) para conseguir protección, ni para mantenerse en el poder. Erdogan podría forzar la mano de los Estados Unidos al ser lo suficientemente consciente de la importancia de su país en la geopolítica internacional y regional. Él ha renunciado a Siria, que de hecho no le pertenece (¡solo pertenece a los sirios!) y ha conseguido el apoyo de Irán, a pesar de que sobre el terreno está combatiendo a los aliados de Irán a través de sus proxies. También ha conseguido territorio sirio donde se enseña la lengua turca y donde la población siria está siendo asimilada hacia una orientación pro turca.

Si bien es cierto que Erdogan no ha salido de las elecciones turcas como un vencedor absoluto a pesar de su victoria general por un margen reducido, incluso aún siendo criticado por sus políticas internas, Erdogan, ha emergido como vencedor en el tablero más complicado, la política exterior de Oriente Medio, reconocido como un astuto jugador tanto por sus aliados como por sus enemigos.

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