¿Puede al-Kadhimi caminar por la delgada línea entre las minas domésticas y el conflicto Irań-EEUU en su país?

Por Elijah J. Magnier

Traducido por Diego Sequera

Irak está entrando a una etapa nueva y peligrosa. Cuando el primer ministro Mustafá al-Kadhimi visitó Washington, el presidente Donald Trump declaró que las tropas estadounidenses destacadas ahí no se irán en los próximos tres años. El Primer Ministro iraquí está sujetado entre múltiples conflictos internos, regionales e internacionales. Además, la economía iraquí se encuentra en una situación catastrófica: Irak necesita decenas de millardos de dólares anualmente, que el gobierno no tiene, para pagar los salarios de millones de empleados, crear oportunidades de trabajo, y construir infraestructura para calmar la rabia en la calle. La gente tiene muchas expectativas de este gobierno joven, luego de muchas privaciones causadas por los líderes políticos que gobernaron el país por no menos de dos décadas. 

Los mismos líderes de los partidos políticos que mal gobernaron Irak por décadas esperan que al-Kadhimi logre el retiro de las tropas estadounidenses y organice elecciones parlamentarias, ni más ni menos. Pero al-Kadhimi no puede cumplir porque necesita el apoyo financiero de la comunidad internacional. Esta misma comunidad espera que Bagdad proteja a las fuerzas que tienen operando en Irak y que se oponen a la resistencia iraquí. Un equilibrio imposible, no porque al-Kadhimi sea nuevo en la arena política sino porque es imposible exigirle apoyo financiero internacional y expulsar a los Estados Unidos al mismo tiempo. Entonces, ¿hacia dónde se dirige Irak? 

Irak se está dirigiendo hacia una escalada militar gradual entre la resistencia iraquí, apoyada por los principales partidos, que se oponen a las fuerzas estadounidenses y a las fuerzas de seguridad nacionales comandadas por al-Kadhimi. Esto amenaza con crear una situación peligrosa e inestable para el país. 

Durante su reunión con al-Kadhimi, el presidente Trump dijo que no abandonarían Irak en los próximos tres años. Esta declaración sin dudas respondía a lo que Sayyid Alí Jamenei, el líder de la revolución iraní, dijo durante su reunión con al-Kadhimi unas semanas antes. Sayyid Jamenei exigió que los Estados Unidos se fueran de Irak como el precio a pagar por la sangre del mayor general Qassem Soleimani, comandante de las Fuerzas Quds, que fue asesinado por un drone de Trump en el aeropuerto de Bagdad. Soleimani se encontraba en el medio de una misión oficial tal como lo anunció el (ex) primer ministro iraquí Adel Abdul-Mahdi. Uno de los comandantes de las fuerzas de seguridad iraquíes, Abu Mahdi al-Mohandis, también fue asesinado por el drone estadounidense mientras acompañaba a Soleimani. Trump se jactó de este doble asesinato diciendo: “Dos de un sólo golpe”. 

Se puede decir que Trump -al oponerse a la mayoría iraquí que quiere el retiro inmediato de sus tropas- apuntaba a responderle a Sayyid Jamenei enviándole el agresivo mensaje de que se piensa quedar en Irak, contra los deseos de Teherán. Sin embargo, Trump y su equipo dentro de la actual administración no parecen darse cuenta de que se han puesto en el lugar donde Irán quería que estuviera. Al negarse a aceptar la decisión vinculante del parlamento iraquí sobre la salida de las fuerzas extranjeras del país, Estados Unidos está desafiando a la mayoría parlamentaria iraquí, que fue la que exigió su retirada dentro de un período de seis meses, no de tres años. En consecuencia, Irán está ansioso por ver a las tropas estadounidenses permaneciendo en Irak para que la resistencia iraquí pueda atacarlos e infringirle pérdidas humanas para vengar a Soleimani y sus compañeros, humillando aún más al presidente Trump en los últimos días en Washington, y los años a continuación de ser re-elegido. 

Varias organizaciones iraquíes -sin dudas apoyadas por Irán, aunque no de forma visible- comenzaron a enviar múltiples mensajes de advertencia, atacando vehículos que pertenecen a las fuerzas estadounidenses desplazados en camiones iraquíes, de forma deliberada bombardeando lugares cercanos a la embajada estadounidense en Bagdad y en los varios campos donde se ubican Estados Unidos y otras fuerzas extranjeras. No obstante, el uso de morteros o pequeños misiles ciegos -previo al anuncio de Trump- fue suficiente para decirle al gobierno estadounidense que no iban a tener una estancia tranquila de quedarse en Irak. 

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