Venezuela, una población difícil de derrotar: lecciones para Oriente Medio

Caracas, Venezuela, por Elijah J. Magnier
Traducido por Eli C. Casas


En la Escuela Técnica Comercial Manuel Palacio Fajardo de Caracas Venezuela, en el área 23 de enero, el ministro de exteriores venezolano Jorge Arreaza acudió a las urnas. La gente del barrio se mantuvo en la cola, esperando su turno después de ser desinfectados por el personal sanitario. Están presentes unos pocos guardias, sin interferir con la organización de la población. A la compañía del ministro se sumó la hija del comandante Hugo Chávez, Maria Gabriel, quién también acudió a votar en la misma escuela en que votaba el comandante.


Esta es una escena bastante normal y cotidiana aquí, ver gente de todo tipo acudir al mismo sitio a votar, incluyendo a los ancianos que casi no pueden caminar, asistidos por sus relativos más cercanos. El número de votantes que acude a las urnas no es muy elevado (solo un 31%), lo cual se entiende tomando en consideración las restricciones impuestas para contener el coronavirus. Además, en el contexto latinoamericano es normal ver elecciones legislativas con una participación baja (Costa Rica con un 24%, por ejemplo), y mucha más concurrencia en las presidenciales. Cuatro de los partidos de la oposición han decidido boicotear las elecciones, sin embargo, han ganado un 18% de los escaños.


La calidad de la conexión entre la gente y algunos oficiales del gobierno es ciertamente única e inigualable. La interacción entre ambas partes indica un vínculo fuerte y ello explica que la mayoría de la población, a pesar de las duras sanciones económicas estadounidenses, no se rinda.


Después de haber votado, Jorge Arreaza ha paseado hasta un café cercano, donde ha sido recibido por gente de todas las edades. Se han sentado cuando ha llegado con su camiseta negra, vestido informalmente. Sin presencia de la televisión pública ni medios cercanos, se puede advertir que este gesto no se debía meramente a propaganda. Un par de miembros de las fuerzas de seguridad han mantenido la distancia para no arruinar la interacción. Arreaza ha agradecido a cada persona en el café el hecho de acudir a votar, chocando el puño y hablando con ellos como un vecino más, a quién todo el mundo está acostumbrado a ver de manera regular.


Este episodio difícilmente constituye un esfuerzo propagandístico, simplemente por el hecho de que ya se ha votado. “Nosotros vemos a Jorge y a otros miembros del gobierno en este barrio regularmente”, comenta Diego, un joven que acaba de pedir un selfie al ministro.


“Si la gente se entera de cualquier corrupción o mala gestión en cualquier distrito, se nos informa cuando los visitamos e intervenimos con ellos directamente porque necesitamos cuidar de nuestro país y se nos ha dado el poder solo del pueblo, para actuar en su nombre. Esta es la enseñanza del comandante Hugo Chávez”, dijo el ministro Arreaza.


El modesto comportamiento de estos funcionarios que forman parte de la población (y de los que nunca se distanciaron) es ciertamente sorprendente. El secreto de Venezuela es que, por un lado, hay políticos como Juan Guaidó que pidieron a la superpotencia estadounidense una intervención militar contra su propio pueblo mientras que, por otro lado, hay políticos como el presidente Nicolás Maduro y la mayoría de su equipo que se sienten parte del pueblo y que creen concienzudamente que el poder del que disfrutan emana de las personas, quienes los protegen de cualquier daño. Independientemente de lo que digan, vivan o critiquen los venezolanos que están en la oposición, el hecho de que su representante haya llamado a un ejército militar extranjero para que intervenga e imponga a los líderes de la oposición en el poder se considera alta traición, por decir lo menos, y va totalmente en contra de la voluntad de la mayoría de los votantes, incluso en contra de la voluntad de muchos otros grupos de oposición. Parece que la nostalgia pasado colonial aún se cierne sobre Venezuela.


Hugo Rafael Chávez Frías nació de padres maestros empobrecidos en el suroeste de Venezuela, se unió al ejército venezolano y fue encarcelado en 1992 por su intento fallido de golpe de estado. Seis años más tarde, cuando Chávez fue liberado, se presentó a las elecciones y obtuvo el 56% de los votos y se convirtió en presidente. En 2002, un millón de personas salieron a las calles y los militares arrestaron a Chávez para nombrar a un presidente interino, Pedro Carmona. A los pocos días, fue liberado por el pueblo y por sus compañeros militares y volvió al palacio presidencial. El poder de la población fue un factor determinante. En 2004, de nuevo, la gente apoyó a Chávez cuando la oposición convocó un referéndum. En 2006, Chávez obtuvo el 63% de los votos y en 2012 volvió a ganar la Presidencia con el 54% de los votos. En Venezuela, el pueblo tiene la decisión final porque es una sociedad colectiva donde es la población quien otorga la legitimidad al presidente.


Es por eso por lo que los EE. UU. no tienen ninguna posibilidad de derrotar a esta población en ningún caso justo. El único intento factible de frenar a Venezuela, en la mente de los Estados Unidos, es matarla de hambre y ponerla en contra de los funcionarios y el gobierno. Esto es exactamente lo que EE. UU. está haciendo hoy en el Líbano, en Irán y Siria, pero sin éxito. 

Aquí en Venezuela, en este país pobre y rico, la población tiene la última palabra. Aquí no hay señores de la guerra y reyes – como en Oriente Medio – sentados en su trono desde hace décadas con algunos de ellos pasando el poder a sus hijos (todo ello con el beneplácito de los Estados Unidos, claro está).

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