Hezbolá ahora es “el gran Satán”

Por Elijah J. Magnier: @ejmalrai

En todos los desafíos domésticos, los políticos libaneses se enfrentan a acusaciones de ser responsables de mantener el corrupto sistema político y financiero de las últimas tres décadas. Estos políticos culpan a Hezbolá, señalándolo de ser la verdadera fuente de estas acusaciones. Hezbolá ha sido culpado repetidamente de apoyar campañas callejeras para eliminar a sus oponentes políticos o para controlar el país. Por lo que Hezbolá, ante la mirada de algunas figuras del establishment, se ha convertido en el “gran Satán” cuyo liderazgo parece capaz de inmiscuirse en todas las posiciones críticas de la política y la administración libanesa. Miembros del parlamento han buscado, pero no han logrado obtener, una mayoría de votos que permitiera al sistema de justicia interrogar a cualquier ministro, en funciones o retirado, responsable de 1990 a hoy en día. 

Hezbolá también ha sido acusado de forma recurrente de controlar las nominaciones y los nombramientos del actual gobierno, al punto de que muchos políticos y analistas lo llaman el gobierno de Hezbolá. Sin embargo, la selección del actual Primer Ministro, Hassan Diab, fue acordada con el ex primer ministro Saad Hariri, quien se negó a asumir la responsabilidad de dirigir el país, a pesar de la súplica de sus opositores. Hariri, dirigiendo un partido político, quería elegir tecnócratas sin consultar a la mayoría del actual parlamento, una petición inconstitucional que ya fue descartada por la mayoría del órgano legislativo. Aún más, le convenía a Hariri evitar ser nombrado Primer Ministro cuando nunca ha actuado como uno y fue, junto a su padre el difunto ex primer ministro Rafic Hariri, responsable de décadas de corrupción y mala gestión del país. 

Es para el beneficio de Hezbolá el ver un país próspero porque su liderazgo y sus miembros chiíes son parte del más de 30% del total de la población, una sección de la sociedad considerada la más pobre del país. Un número significativo de ellos no tiene medios para viajar fuera al exterior, y muchos de los miembros adinerados de la sociedad chií están siendo cazados por los Estados Unidos o en su lista de terroristas. La administración estadounidense erradamente cree que puede contener o aislar la capacidad de Hezbolá de de volcar a la sociedad contra ella. Nunca será suficiente recordarles que la mayoría de la sociedad chií o bien es parte de Hezbolá o lo apoya; es, por lo tanto, imposible crear una división. 

Hezbolá ha logrado defender la parte sur y chií del país de las aspiraciones israelíes de extender su jurisdicción sobre la totalidad del país, más allá de la Palestina ocupada. La organización fue la única entidad capaz de derrotar a Israel, forzando a su poderoso ejército a finalizar la ocupación expulsándola del Líbano, e imponer una ecuación disuasiva para evitar más agresiones. También ha protegido al país de los takfiris (ISIS y al-Qaeda) que apuntaban incluso antes de la guerra en Siria en 2011, expandir su “Estado Islámico” en todo el Levante. Sin embargo, el líder de Hezbolá Seyyed Hassan Nasrallah prometió erradicar la corrupción, una tarea en la que todo su armamento parece insuficiente para eso, debido a cierta realidad que tiene que enfrentar: sus aliados más cercanos son, y han sido, parte del sistema corrupto, junto a otros líderes políticos del campo de la oposición. Hezbolá está lejos de estar en posición de enfrentar a sus aliados, en particular el jefe del parlamento, Nabih Berri, el líder del movimiento “Amal”, uno de los principales protagonistas del equipo de políticos corruptos con los que por décadas se reunió Rafik Hariri hasta su asesinato en 2005. El jefe del parlamento temía por la energía con la que protege sus negocios y las riquezas acumuladas de su familia desde que llegaron al poder en Líbano. Porque Berri se enfrentó y combatió a Hezbolá en los 80, Hezbolá no está dispuesto a afrontar ese mismo riesgo de nuevo. 

El gobernador del Banco Central, Riyad Salamé, fue acusado por el primer ministro Diab de ser el responsable del deterioro de la moneda local y de actuar en contra del beneficio del país y la política financiera del gobierno. Para protegerse, Salamé le dijo al New York Times que Hezbolá lo había atacado: “Trabajé muy duro para armar una comisión de investigación especial para combatir el lavado de dinero y el financiamiento al terrorismo, y nunca cedí en esto. Aquellos que sufrieron de mis decisiones ahora están tratando de minarme con acusaciones de corrupción”. El gobernador del Banco Central está protegido por la administración estadounidense, aclamado por la embajada en Beirut y considerado un “intocable”. Los aliados más cercanos de Hezbolá le ofrecieron al embajador, a pesar del eslogan “gobierno de Hezbolá”, varios nombres de potenciales candidatos para aprobar como reemplazo de Salamé cuando llegue el momento. 

Lo que es sorpresivo es el hecho de que el Patriarca Maronita se mantuvo siempre del lado de Riyad Salamé para protegerlo, así como el ex ministro suní Nuhad Mashnouq y el jefe chií del parlamento y su gabinete de ministros: todos se plantaron contra Hezbolá y los depositantes que no pudieron acceder a sus ahorros por meses y piden juicio a los responsables. 

El primer ministro Hassan Diab decidió cambiar la conducta de “todo normal en el Líbano” de casi todos los primeros ministros y sus gabinetes que han gobernado el país en las últimas décadas. El Sr. Diab, profesor de la Universidad Americana de Beirut, es un tecnócrata que formó un gobierno de expertos. Sin embargo, estos expertos fueron nombrados por los políticos, incluyendo a Hezbolá, que tienen representación en el parlamento. El Primer Ministro es acusado de comportamiento “vengativo” por los políticos actuales (que gobernaron y continúan gobernando el país) porque está dispuesto a recuperar miles de millones de dólares transferidos de Líbano a cuentas extranjeras fuera del estado, en el medio de la crisis económica más severa que ha enfrentado el país, con un déficit de por encima de los 87 mil millones de dólares. 

El dirigente druso Walid Jumblat, también acusó de “gran Satán” a Hezbolá, de conducir las decisiones del gobierno mediante “salas de control operacional para controlar lo que queda del Líbano”. Uno de los aliados cercanos de Hezbolá respondió: “Denle a Jumblat algo que lo deje satisfecho, y cesará sus acusaciones. Sabemos cómo son las cosas”.

Los políticos quieren que el Sr. Diab pare de escarbar viejos casos de corrupción, y que deje las cosas como están. La oposición -con el apoyo del líder del parlamento Nabih Berri, el ex primer ministro suní Saad Hariri, el dirigente druso Walid Jumblat y el líder de las maronitas “Fuerzas Libanesas” Sami Geagea- están desafiando al Primer Ministro. Intentan evitar que alcance sus objetivos. Estos objetivos no se limitan a recuperar las transferencias de fondos, también apuntan a remover al gobernador del Banco Central y tratar de evitar la bancarrota del estado. El gobierno está enfrentando un desafío sin precedentes con la pandemia del coronavirus y las consecuencias para un país que ya se encontraba en dificultades financieras severas, con una infraestructura débil debido a la corrupción y mala gestión de los gobiernos anteriores. 

El presidente del parlamento, que ocasionalmente ha sido acusado de ser el protector de Hezbolá, hoy en día es considerado el “garante del Líbano”. Las cartas políticas se han vuelto a barajar, pero ya no actúan de acuerdo y en armonía con los objetivos de Hezbolá de combatir la corrupción. El sistema de justicia permanecerá a merced de estos políticos “angelicales” -directamente acusados de corrupción por el pueblo- quienes son quienes eligen a los jueces y hoy pelean por su propia protección de cualquier intento del gobierno de interrogarlos por su robo a largo plazo de las riquezas del país. Hezbolá está aislado y se ha convertido en el “gran Satán” en la mirada de estos “ángeles” corruptos. 

Hezbolá apoyó al Primer Ministro y al gabinete, todos amistosos con los Estados Unidos, para que Diab pudiera dirigir al país en crisis severa para poder beneficiarse del apoyo de la comunidad internacional. Sin embargo, el malestar continuo demuestra que Diab no tiene permitido gobernar y que el objetivo de los políticos libaneses pro-Estados Unidos es hacer que caiga su gobierno y forzar su renuncia. Si eso sucede y dimite el gobierno, hay buenas probabilidades de que la situación tome un nuevo giro en contra del sistema de gobierno confesional en el Líbano y que el acuerdo de al-Taef se ponga sobre la mesa. En este caso, cualquier grupo que controle la mayor cantidad de poder podrá elegir un gobierno y los líderes del país se favorecerán a expensas de otros grupos. 

Traducción: Diego Sequera

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